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el zar de la mafia

por  Francisco Manuel Marquez

Hacía varios meses que lo estaba vigilando. Él era el Zar de la mafia por estos lugares, manejaba todos lo burdeles de más prestigio de la ciudad a su antojo y todos lo respetaban. Era mi trabajo encerrarlo pero primero era necesario introducirse en su círculo mafioso.

No resultó muy fácil infiltrarme pero lo había logrado. Hoy era el día de capturarlo y ponerlo tras las rejas. Al principio dudé, pues cuando lo vi quedé como tildado, sin saber qué hacer pero en definitiva era mi deber.

Ahora me encuentro caminando en medio de un boliche gay de moda y sé que él esta noche está aquí. Las pruebas que lo incriminan las tengo en mi departamento y nada más falta que él sólo se hunda.

Estoy entre todos estos tipos que se mueven tan seductoramente al ritmo de la música habitual de la disco. Uno de ellos se me acerca y me roza el hombro mientras me toca mi entrepierna y me susurra al oído que quiere coger conmigo, mientras recorre mi oreja con su lengua. No puedo negar que está muy bueno pero tengo que trabajar y continúo con mi recorrida mientras se me queda mirando desconcertado.

Este es un lugar de placer donde todos gozan. En mi marcha hacia el Zar tengo a mi derecha dos bailarines mirándome mientras se rozan con sus pijas que son retenidas por esas diminutas tangas y con sus lenguas me llaman para que participe en sus juegos sexuales.  Estoy excitado pero debo continuar, unos pocos metros me faltan para verlo.

Otro chico un poco más joven y con una sonrisa seductora en su rostro me detiene mientras mete su mano en mi trasero y lo aprieta. "Esto no da para más" me digo a mí mismo, " tengo que desquitarme". No dudamos en besarnos y nuestras lenguas pelean una lucha en las bocas, su aliento es tan agradable, pienso en mi trabajo pero no quiero dejar a mi amante ocasional colgado, nos vamos hacia los baños y apoyados en la pared yo gozo y penetro su lindo culo, mientras él grita como una bestia y, supongo, que todos se enteran de que hicimos el amor en el baño.

 

— ¿Checo, vos me engañarías alguna vez?

—¡No! –respondí firmemente mostrando seguridad.

—¿Qué son esas fotos entonces? —dijo y volvió  a arrojar el humo en mi rostro mientras señalaba un sobre de papel que estaba en la mesa.

Yo me acerque y tomé el sobre, lo abrí y vi las fotos, en todas estaba yo. Todas las veces que había entrado a la comisaría para reportarme, inclusive las de ese día. Con un poco de nerviosismo lo miré a los ojos y le respondí desafiante, sabiendo que un momento de flaqueza no me serviría  en este momento:

— Lindas fotos ¿quién las saco?

— Eso no importa. Pensaste que no te descubriría? —respondió el Zar con una risa profunda y sarcástica.

— ¡Quítale la remera! —dijo a su matón —. Apostaría mi vida a que tienes un maldito micrófono ahí.

Su matón se acerco hasta mí y de un jalón rompió mi remera, ahí a la vista de ellos tenía el micrófono colocado con cinta en mi pecho grabando cada palabra que decía. Camino hacia mí y me tiró nuevamente el humo del cigarrillo, jaló el micrófono y lo tiró al suelo hasta que finalmente lo aplastó y lo destruyó. Se quitó sus lentes oscuras, me miró fijamente a los ojos mientras su matón me sujetaba fuertemente de los hombros.

—¿Qué es lo que querías de mí? Vos no me cagas a mí —dijo sujetándome con su mano mi quijada, fue cuando recordé la primera vez que lo había visto, con total desconfianza tuve que pasar por una revisión por esos ojos que esta vez me miraban no con duda sino con un poco de tristeza  y decepción. Tenía que decirle algo, algo que no sea una mentira. Era la hora de hablar con la verdad.

— Es la hora de que todo se acabe, esa telaraña de corrupción que has tejido tiene que terminar y todas esas personas que esclavizaste tienen que ser libres... eres una basura ¡Zar!

—¿Eso era todo? Sabes Checo, estas telarañas que hice me costaron un huevo levantarlos. Vendí todo lo que tenia, hice una inversión y pues funcionó ¿tengo la culpa? Todos los que trabajan para mí lo hacen por voluntad propia, no es mi problema si les gusta o no, yo les pago por su trabajo y ellos cuando quieran irse se van.

—¿Cómo dejaste ir a mi hermano? ¿Por qué lo mataste sin que pudiera defenderse y luego lo tiraste en el puente? Era mi hermano —dije furioso revelando lo que nadie sabía.

— Fue una lástima lo que sucedió en esa oportunidad, soy un comerciante no un asesino. Tu hermano tenía problemas grosos con otros tipos y yo lo cuidé hasta donde pude, pero él también me traicionó y entonces dejé de protegerlo. Lo dejé en libertad para que se fuera a encontrar con su propia muerte. Él tenía esa misma mirada que tú tienes en tus ojos pero no este brillo. Yo dejaría de preocuparme por el muerto, eres tú el que está ahora por hundirse.

Traté de zafarme del matón pero fue en vano, mi ira se convirtió en flaqueza. Sin oposición alguna me quedé quieto y comencé a llorar  como un niño. Sabía lo que me esperaba, era la pena de muerte por haber traicionado al Zar pero a pesar de este momeno más importaba aferrarme al último recuerdo de mi hermano.

— Esto es lo que me gusta ver de un hombre, la debiidad que alberga —dijo tocándome el pecho—-, tan duro y firme por fuera pero tan débil por dentro. El día que te conocí me enamore de ti y quise demostrártelo brindándote   toda mi confianza, permitiendo que entraras a lugares donde nadie más entraba. Te lo di todo y me pagás de esta manera. Dime ahora qué debo hacer porque yo te amo —rozándome el rostro delicadamente con su nariz —. Te amo pero debo limpiar la mierda con la que me ensuciaste y no puedo resolverlo. Contéstame: ¿Qué hago ahora?

Levanté mis ojos llorosos y fije mi mirada en él sin saber qué hacer. Yo sentía lo mismo pero estábamos en bandos contrarios. Yo también lo había dejado entrar en mi vida libremente desde el día  que lo conocí. Pensé: "Soy un maldito policía que debe cumplir con el trabajo que me había propuesto para vengar la muerte de mi hermano y lograr justicia.  Pero también soy humano y tengo sentimientos."

— Suéltalo —le ordenó el Zar al matón mientras colocaba en la mesa una pistola y me dijo alejándose hacia la pared: — Tú debes decidir Checo, utiliza la última bala y me matas o te matas. Tú decides y vos —mirando firmemente al matón— no intervengas en ningún momento hasta que lo resuelva, haga lo que haga.

El Zar estaba contra la pared, tomé mi pañuelo y me limpié todo el rostro. Tenía frente a mí la única posibilidad de vengar la muerte de mi hermano o continuaba el mismo destino que él tuvo esa noche quedando la cuenta saldada.

El matón  me miró alerta pero en ningún momento se movió, sólo observaba. Tomé el silenciador y comencé a enroscarlo lentamente en el arma mientras mi cuerpo entero sudaba. Caminé hacia el Zar y puse la pistola en su espalda. Noté claramente su reacción y con un suspiro de resignación advirtió cual era mi decisión. Me acerqué a su oído y casi como un susurro le dije:

—Yo también te amo —fue entonces cuando volteó su mirada hacia mí. Sin pensarlo jalé el gatillo y la bala salió disparada sin ningún ruido. El matón corrió hacia mí mientras dejaba caer sus lentes negros y repetía “¡Jefe, jefe!”

Dejé caer el arma al suelo y lo tomé entre mis brazos, vi esa mirada una vez más, le sonreí y le dije nuevamente  con más fuerza y desesperación:¡Te amo! Zar te amo.

El matón se detuvo al comprenderlo todo. Yo había fallado a propósito y ese hueco en la pared lo demostraba. Sujeté con toda mi fuerza su cuerpo  y lo abracé. El matón se alejó de nuestro lado mientras nosotros nos besábamos vorazmente sabiendo interiormente que nuestro destino estaba fijado. Yo finalmente había decidido romper todas las reglas ese día por él, por el Zar.

Él despachó a su matón y sentados en la mesa continuamos besándonos furiosamente demostrándonos todo lo que habíamos reprimido durante todo este tiempo. Su rostro acariciaba mi rostro y sus ojos decían que me amaba. Él se quitó su camisa y yo comencé a acariciar con mi lengua sus pechos, le succionaba y excitaba sus tetillas mientras se retorcía gimiendo de placer. El Zar había logrado mantenerse físicamente firme y sólido a través de todos estos años, un pecho totalmente lampiño recorría mi lengua mientras él me acariciaba la cabeza. Se recostó en la mesa, mientras mi lengua lentamente recorría un camino por sus abdominales sin dejar de saborear en ningún momento su piel.

La música del boliche a pleno entraba en la habitación dándonos aun más frenesí. En una actitud decidida y llena de deseo le quité su pantalón y los arrojé al suelo. Estaba frente a mí el hombre que yo había deseado arruinar, expuesto ante mis ojos, entregado, cubierto con un slip blanco que contrastaba con su tersa piel bronceada. Como un animal salvaje comencé a morderlo y sentí su transpiración en mi boca, lo miré entonces a los ojos y recibiendo de él una sonrisa. Metí mi mano entre su slip y su piel y pude sentirla; era grande, totalmente parada y cubierta por pelos. Ese era el alimento que quería probar, le quité esa tela y me la metí toda en la boca llenándola toda de mi saliva. Me la introduje lo más profundo que pude hasta sentir que me faltaba el aire. Tenía como amante al Zar, tenía como amor al hombre más temido del bajo mundo.

—¿¡Soy una presa!? Dame un poco de acción —me reclamó gritándome. Me quité el pantalón y me subí encima de él. Con mi pija en su boca estabamos queriéndonos. Comenzó a tocarme el trasero mientras decía: “Lindo agujero”, yo me abría ante él. Nunca antes alguien me había tocado el trasero de la manera como él lo estaba haciendo, esos gloriosos dedos me recorrían toda la raja y los huevos. Estaba totalmente dispuesto a probarlo todo.

—¡Cojeme con los dedos! ¡Cojeme! —dije como loco —. Necesito acción dura ahora.

Sin dejar de chuparme la pija comenzó a introducirme primero un dedo que me hizo sentir el placer más dulce y duro de mi vida. Lo movía dentro de mi ano y luego introdujo otro de sus dedos, eso era maravilloso.

Mi culo virgen  quería más de eso, quería tener este grueso tronco en mi culo, sentir como me rompía todo, sentir como me follaba. Nuestras temperaturas estaban al máximo sobre aquella mesa.

—¡Estoy listo! —dije. Entonces él se levantó, tomó un  preservativo y me arrojó sobre la mesa. Era la primera vez que me penetrarían y estaba nervioso pero lo quería. Di un suspiro profundo y pude sentir como su cabeza comenzaba  a entrar, di un profundo respiro mientras entraba en mis entrañas, no pude más que gritar de placer. Comenzó a follarme el culo y yo me masturbaba con su boca.

—¡Que culo más lindo! –dijo follándome como un loco.

Yo cerré mi trasero para sentir esa misma sensación una y otra vez. Ya estábamos concluyendo con nuestro primer encuentro, todo mi cuerpo pedía que este placer tan lujurioso no terminara nunca, pero no se pudo y el Zar derramó en mi boca toda su leche, tibia y espesa. Ese sabor estuvo en mi boca mientras nos besábamos y recostados en la mesa nos quedamos.

Yo supe esa noche, cuando tome el arma que se deshacía mi vida. Que estaba cruzando esa línea delgada entre la ley y el crimen. Ya no era más un policía, mi amor era más fuerte que mi lucha y él cometía un error imperdonable en su mundo, amar. Los dos estabamos ahora viviendo según nuestras reglas en nuestro mundo. Vengué la muerte de mi hermano hace mucho tiempo y sólo vivo por el Zar.   

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